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 Capitulo 2

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Jade_Lorien
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MensajeTema: Capitulo 2   Miér Oct 20, 2010 1:56 pm

Capítulo 2

—¿Donde está Leigh?
Lucian se detuvo en la parte superior de las escaleras. Él y Mortimer habían terminado de despejar el nido y de arrojar gasolina por el sótano y sobre las escaleras de la cocina la primera vez que el hombre las había bajado apresuradamente. Bricker había sido el único en correr para recuperar los bidones de gasolina dejados en el cuarto. Había traído el más pequeño, y luego tiró los demás sobre el segundo piso dejando un rastro de líquido inflamable allí y en la planta baja.
—La dejé sentada en la mesa—dijo Lucian—. Quizás Bricker se la haya llevado a la furgoneta.
—Quizás—acordó Mortimer cansinamente.
Lucian se volvió para continuar salpicando de gasolina el suelo, pero él también estaba cansado. Había tenido mucho trabajo.
En el nido se habían encontrado más vampiros de lo esperado. Morgan había logrado convertir alrededor de treinta seguidores… Y éstos no es que hubieran puesto las cosas fáciles para Lucian y sus amigos. Les había tomado un tiempo considerable ocuparse de ellos.
Fue sólo después de que hubieran buscado por los cuartos del sótano cuando comprendieron que Morgan había conseguido escapar en aquellos instantes de caos después de que bajaran las escaleras. Así que sólo tenían al hombre que se llamaba Donald. La pareja se había deslizado a través de un par de puertas que daban hacia el patio trasero. Aparentemente, la hija de la dueña anterior había olvidado ese detalle.
Con un humor sombrío debido al fracaso, habían comenzado a derramar la gasolina. Lucian en ese momento lo hacía por el pasillo, siguiendo a Mortimer hacia la puerta de delante. Se reunieron con Bricker al salir de la estancia, arrojando más combustible a su alrededor.
—¿Tienes a Leigh en la furgoneta?—preguntó Mortimer.
Bricker levantó las cejas.
—No. Pensé que Lucian lo hizo antes de seguirnos por las escaleras.
—No—Mortimer sacudió la cabeza—. Él la dejó en la mesa de la cocina.
Lucian se encogió de hombros y volvió a arrojar gasolina a lo largo de la sala
hacia la puerta del frente.
—Morgan debe habérsela llevado. Lo capturaremos y la encontraremos.
Ninguno parecía contento, pero se movieron rápidamente hacia la salida para estar fuera del camino. Bricker vació lo último que le quedaba en el bidón, luego lo tiró a un lado y salió de la casa. Mortimer y Lucian continuaron con los suyos hasta quedar a dos pies de la puerta.
Arrojando su bidón a un lado, Lucian sacó un paquete de cerillas de su bolsillo. Lo abrió, deslizando un fósforo por el lateral para encenderlo y lo lanzó sobre su hombro mientras caminaba por el porche. Cerró la puerta justo cuando el fuego cobraba vida detrás de él.
No fue hasta que comenzó a bajar los escalones cuando Lucian vio a la mujer.
Estaba en la grava sobre sus rodillas, donde la furgoneta de Morgan había estado estacionada. Sus brazos envolvían su cintura mientras se sacudía con debilidad. Era evidente su dolor, así como el hecho de que la combinación de su determinación y los deseos de vivir eran lo que le habían ayudado a salir de la casa.
Mortimer y Bricker estaban en cuclillas, uno frente a ella y el otro a su lado, ambos la miraban con igual preocupación.
—La han convertido—anunció Mortimer cuando Lucian se detuvo junto a ellos.
Por supuesto que lo habían hecho, pensó cansinamente. Había tenido la esperanza de que aún no le hubieran dado sangre a ella. Podrían haberle borrado la memoria y haberla enviado de vuelta a su casa. Sin embargo, eso ya no era posible. Ahora era una inmortal y tendría que ser atendida y entrenada.
La única buena noticia era que, a diferencia de aquellos que habían encontrado en la casa, Morgan no había tenido el suficiente tiempo para convertirla en una despiadada máquina de matar.
—Tendremos que llevarla de regreso al hotel y cuidar de ella—dijo Mortimer, las palabras provocaron una mueca en el rostro de Lucian.
—No tenemos tiempo para hacer de enfermeras de un bebé vampiro—dijo él secamente—. Debemos capturar a Morgan antes de que construya otro nido.
—Bien, pero no podemos dejarla aquí—señaló Mortimer—. Bricker y yo podemos cuidar de ella.
—¿Y qué pasa con Morgan?—preguntó Lucian.
Ambos hombres intercambiaron una mirada, luego Bricker dijo:
—El plan era regresar al hotel, dormir algo, y luego comenzar de nuevo por la noche, ¿correcto?
—Correcto—admitió Lucian, entrecerrando sus ojos al dirigir la mirada hacia el cielo y la brillante órbita del sol. Era casi media mañana, y la luz del astro era más fuerte a cada momento. Se inclinó hacia Bricker cuando notó el temblor en su pierna.
—Bien. El cambio normalmente no tarda más de veinticuatro horas. Ocho horas mientras dormimos, luego uno de nosotros puede quedarse y velar por ella mientras los otros vamos detrás de Morgan y Donald. Sólo serán dos; no seremos realmente necesarios los tres.
—¿Y quién se quedará despierto hoy para darle sangre?—preguntó Lucian cuando sé enderezó con el carcaj vacío en la mano.
—Bricker y yo haremos turnos.
Aquello no complacía a Lucian, pero supuso que no tenía opciones. Además, estaba cada vez más incomodo con la luz del sol dándole directamente y quería acabar con la discusión.
—Bien, pero ella es tu responsabilidad—dijo bruscamente, y se encaminó hacia los vehículos estacionados en un pequeño camino más allá de los árboles que rodeaban la casa.
Lucian lanzó un pequeño suspiro cuando se deslizó dentro de la seguridad del coche alquilado. La luz del sol todavía se colaba a través del parabrisas, pero era mucho mejor que estar en la calle. Colocó la ballesta y el carcaj dentro de una gran bolsa de lona en el asiento del copiloto, luego se enderezó y miró hacia fuera por la ventana, de nuevo. Bricker llevaba a la morena hacia la furgoneta, mientras Mortimer acarreaba las dos armas.
Lucian sacudió su cabeza cuando observó a Mortimer abrir la puerta trasera de la furgoneta y Bricker entrar con la mujer. Él sabía que los hombres no habían pensado que ella sería un problema. Cuando comenzó el cambio, estaba gimiendo y gritando con obvio dolor, su blanca blusa con una gran mancha de color rojo que no podría confundirse con nada más que sangre. Y eran más de las diez de la mañana, así que el área de recepción de hotel estaría llena. Y, de alguna forma, tenían que conseguir meterla en el hotel.
Cuando Mortimer cerró las puertas de la furgoneta y se apresuró a llegar al volante, Lucian arrancó el coche alquilado y se retiró del camino. Encontró el teléfono móvil en su bolsillo cuando comenzaba a dirigirse lentamente hacia la carretera. Pulsó el primer número de la marcación rápida y miró por el espejo
retrovisor para ver a la furgoneta entrar en la vía detrás de él, mientras esperaba conectarse.
—¿Hola?
Lucian sonrió débilmente ante el gruñido somnoliento, sabiendo que había despertado a su sobrino.
—Buenos días, Bastien.
Hubo una pausa, luego una sospecha.
—¿Tío Lucian?
—Está todo bien. No te desperté, ¿no?
Bastien gruñó en respuesta.
—¿Cómo te fue? ¿Conseguiste pillar a Morgan?
—No. Logró escapar con otro hombre. Alguien llamado Donald.
—Necesitaré más información si quieres que encuentre a este tipo, Donald—empezó a decir Bastien.
—Ésa no es la razón por la que te estoy llamando—le interrumpió Lucian—. ¿Cuánto tiempo puede tomarle a un avión de la compañía llegar aquí?
—¿Un avión de la compañía?—repitió Bastien.
—Sí.
—Sólo tenemos uno disponible en este momento. Los otros tienen el día libre hoy—dijo pensativo—. Necesitaría que llamar al piloto y copiloto. Tendrán que levantarse y llegar al aeropuerto, poner gasolina, establecer el plan de vuelo, volar a Kansas... ¿Eso es cuánto? ¿Dos horas de vuelo? ¿Dos horas y media?
—Más bien, dos horas y media—supuso Lucian. Él no había prestado atención cuando había volado anteriormente.
—Dos y media—murmuró Bastien—. Supongo que podrían ser al menos de cuatro a cinco horas, probablemente más, antes de que el avión llegue allí. No, definitivamente más—añadió repentinamente y explicó—. El único piloto que tenemos disponible vive a cuatro horas del aeropuerto.
—Así que seis horas, ¿quizás más?—preguntó Lucian con el ceño fruncido.
—Te ofrecí mantener uno a tu disposición hasta que estuviera hecho, pero dijiste...
—Sí, sí—le interrumpió Lucian impacientemente. Odiaba escuchar el te lo dije—. Sólo envía el avión. Haz que me llamen al hotel antes de salir, para
dirigirnos al aeropuerto a esperar que llegue.
—Bien. ¿Alguna otra cosa?
—No—Lucian pulso el botón de colgar antes de comprender que no había dicho adiós, o incluso gracias. La vida sólo lo había convertido en un bastardo grosero. Afortunadamente, los miembros de su familia, incluyendo a Bastien, estaban acostumbrados.
Devolviendo el teléfono a su bolsillo, giró para poder regresar al hotel.
Había esperado poder dirigirse hacía el aeropuerto con la chica y esperar al avión, pero seis horas eran mucho tiempo para esperar cuando ya estaban cansados.
Después de todo, parecía que iba a tener que trasladar a Leigh al hotel.
—¿Cómo la llevaremos a la habitación?—preguntó Mortimer mientras salía de la furgoneta y se reunía con Lucian fuera de su coche. Al parecer, él había considerado el problema durante el camino.
Lucian observó el movimiento alrededor del aparcamiento del hotel. Podrían conseguir llegar al ascensor sin que nadie los viera, pero éste con seguridad podía ser llamado desde recepción u otros pisos.
Sabía por su corta estancia en ese lugar que los ascensores siempre estaban ocupados, repletos de gente. Tenían demasiadas posibilidades de encontrarse de veinte a sesenta personas entre el ascensor y la habitación. No le gustaba la idea de tener que borrarle los recuerdos a tanta gente.
Las reflexiones de Lucian se interrumpieron con el ronroneo de un coche en el aparcamiento. Ambos hombres vieron cómo una mujer salía, caminaba hasta el maletero, lo abría, y luchaba por sacar una enorme maleta negra.
Incluso antes de pensarlo, Lucian se encontró a sí mismo avanzando hasta llegar al lado de la mujer. Usó su mejor sonrisa, pero cuando un destello de miedo llegó a los ojos de la mujer, dejó de sonreír y en cambio se deslizó en su mente. Era mejor controlando a uno que a sesenta.
—No puede ser en serio—jadeó unos minutos después Bricker, cuando Lucian abrió la puerta trasera de la furgoneta y el hombre captó la imagen de una gran, pero ahora vacía, maleta.
—¿Tienes algún método alternativo para conseguir introducirla sin tener que borrar los recuerdos de la mitad de los clientes del hotel? Si es así me encantaría usarlo—dijo Lucian cuando colocó la maleta en el suelo de la furgoneta. No entendía la queja. Era una enorme maleta, muchas habitaciones. Tenía ruedas, lo
que haría fácil moverla; era de tela, así que ella no se sofocaría, y no tendría que estar mucho tiempo ahí. Era un corto trayecto hacia el ascensor, una rápida carrera subiendo pisos, luego un paseo hacia la habitación… y ella ni estaría consciente. No era como si fuera a enterarse.
Mortimer finalmente se encogió de hombros desamparado. Soltando el aliento, Bricker bajó la mirada hacia la mujer que tenía retorciéndose en los brazos, luego la alzó hacia Lucian.
—Bien, abre la maleta.
Lucian deslizó el cierre para abrirla y miró alrededor para asegurarse de que no hubiera nadie en el aparcamiento que pudiera ver cómo Bricker colocaba a Leigh dentro. La única persona alrededor era la dueña de la maleta, y ella estaba durmiendo en el asiento del conductor de su coche. Mortimer traería la maleta de vuelta cuando hubieran terminado de utilizarla y borraría el episodio entero de su memoria.
Lucian había deslizado un billete de cincuenta dólares en su bolso por el uso de la maleta. Ella recordaría cómo había encontrado los cincuenta dólares en el suelo del garaje. Lucian odiaba ser agradecido con las personas, lo recordaran ellos o no.
—Quizás debamos dejar una rendija abierta para asegurarnos de que recibe suficiente aire—dijo Bricker pensativamente.
Lucian regresó al interior de la furgoneta para ver que Leigh estaba en la maleta y que Bricker había dejado la cremallera medio abierta. Como había pensado, allí había mucho espacio. Con ella sentada en el fondo, sus rodillas presionadas cerca de su pecho y su cabeza recostada sobre ellas, podían quedar unos quince centímetros de espacio sobre su cabeza.
—La cogeré de abajo para levantarla al salir—dijo Mortimer, una vez Bricker hubo cerrado la bolsa a excepción de un par de centímetros en la parte superior.
Lucian salió para que los dos hombres tuvieran espacio, luego miró su reloj. Habían pasado sólo veinte minutos desde que había llamado a Bastien. Si conseguían hacer eso rápidamente, podría tener de unas cuatro a cinco horas libres antes de tener que despertarse para dirigirse al aeropuerto. Gimió ante la idea. Él prefería tener sus ocho horas, pero cinco eran mejor que nada.
—Todo listo—Bricker movió la maleta a la parte trasera de la furgoneta y cerró las puertas de golpe.
Asintiendo, Lucian se encaminó hacia el ascensor. Presionó el botón de llamada y miró atrás para ver a los hombres a mitad del camino. Bricker tiraba de
la maleta, pero él y Mortimer se movían lentamente, evitando chocar demasiado.
Lucian se mordió la lengua al recordar que ella estaba inconsciente, y se volvió cuando el ascensor llegó. Inclinando la cabeza a modo de saludo a la pareja que salía, se detuvo en el borde y presionó el botón de espera hasta que Mortimer y Bricker llegaran a él. Pensó que había demostrado una increíble paciencia por no hacer ningún comentario cuando finalmente llegaron al ascensor. Lucian se mantuvo en silencio cuando levantaron la maleta un poco para prevenir sacudidas innecesarias.
Una vez estuvieron dentro, y las puertas se cerraron, él presiono el botón de su piso.
—¿Crees que estará bien ahí dentro?—preguntó Bricker mientras el ascensor comenzaba a subir.
—No lo sé—murmuró Mortimer—. Quizás debamos asegurarnos.
Antes de que Lucian pudiera decirles que estaban haciendo el idiota, el ascensor repentinamente emitió un pitido y se detuvo. Las puertas se abrieron, revelando el vestíbulo y unas veinte personas, todas esperando para subir.
Apretando los labios, se movió hacia la esquina donde Bricker y Mortimer estaban posicionando su cuerpo frente a la maleta para evitar cualquier golpe y que descubrieran que ésta contenía algo más que ropa.
Mortimer estaba parado al lado de la maleta, protegiéndola desde ese ángulo; Bricker estaba detrás, contra la pared trasera del ascensor. Era lo mejor que podían hacer.
Lucian chasqueó los dientes cuando cuerpo tras cuerpo se apretujaron en aquel lugar tan pequeño. Cuando ya no cabía ni una sola persona más, aquellos que aún esperaban en el pasillo cedieron y se alejaron de las puertas. Se cerraron, y el ascensor finalmente continuó subiendo.
Subió un piso y se detuvo de nuevo. Dos personas bajaron, una subió. En el siguiente piso, uno consiguió bajar y dos subieron. Después de eso, le siguió un lento y constante flujo de personas que fueron bajando, hasta el octavo piso donde estaban sólo ellos y otras dos parejas. Los demás, aliviados, se alejaron unos de los otros, aprovechando el espacio, pero Lucian se quedó donde estaba. Leigh había comenzado a agitarse dentro de la maleta, y lo último que quería era hacerse a un lado y dejar que ellos vieran que la abultada ropa se movía.
Debió haberse cambiado de posición, pensó. Lo comprendió cuando un momento después recibió un golpe desde atrás en sus rodillas que casi lo envió al suelo.
Se agarró a la barra que rodeaba las paredes del elevador, y apretaba los dientes cuando era repentinamente golpeado a través de la bolsa.
Distraído por las agresiones recibidas, no fue hasta que Bricker comenzó a silbar en voz alta que Lucian comprendió que Leigh no sólo estaba golpeando, sino que también se quejaba.
Notando ahora que las otras parejas parecían estar mirando alrededor con confusión, buscando la fuente de dichos lamentos, Lucian comenzó a silbar también. Desafortunadamente, no tenía ni idea de qué melodía silbaba Bricker, así que comenzó una nueva. Como eso no acalló totalmente los sonidos que estaba haciendo Leigh, Mortimer se les unió con su propia canción.
Fue un gran descanso para ellos cuando el ascensor sonó, las puertas se abrieron y las dos parejas se apresuraron a salir. Lucian se apartó de la maleta acercándose a la salida, aliviado al notar que el siguiente piso era el suyo.
Puso los ojos en blanco cuando Mortimer se inclinó para frotar con una mano suavemente una parte de la maleta que seguía golpeando hacia fuera, y murmuró:
—Todo está bien, Leigh. Casi llegamos.
—No hagas eso—dijo Bricker—. No sabes qué estás restregando.
Sacudiendo su cabeza, Lucian se volvió, alejándose al abrirse las puertas. Mortimer y Bricker eran dos de los más duros cazadores que conocía, pero desde que había aparecido Leigh estaban actuando como dos señoras mayores. Verlo era casi doloroso.
Dejando a los dos hombres llevar la carga a su ritmo, Lucian se encaminó hacia la habitación de dos dormitorios cruzando el vestíbulo. Estaba sentado al lado de su cama, quitándose los zapatos a patadas, cuando finalmente los escuchó entrar.
Empujando a un lado su calzado, se puso en pie y comenzó a quitarse la camisa mientras caminaba hacia la puerta. Llegó justo a tiempo para verlos terminar de abrir la maleta. Antes de poder hacerlo, Leigh se había arrojado fuera. Inmediatamente, ambos hombres dejaron la bolsa y se colocaron a su lado. A Lucian sólo le tomó un momento ver que ella no se encontraba consciente. Estaba pálida, cubierta de sudor, y toda magullada; casi parecía estar con convulsiones.
Lucian contempló a Mortimer y Bricker moverla hasta el sofá, pero cuando comenzaron a pulular alrededor de ella como un par de viejas inútiles, decidió que era el momento de tomar el control.
—Uno tiene que devolver la maleta, y después dirigirse al hospital más cercano para conseguir una intravenosa portátil y más sangre.
—Yo iré—Mortimer cogió la maleta, la cerró y se encaminó a la puerta—. ¿Cuánta sangre?
—Mucha. Y también otra nevera—añadió Lucian, luego observó a la mujer gritando y añadió—: Y algunas drogas para matar el dolor y hacerla dormir.
—¿Qué debo hacer?—preguntó Bricker cuando Mortimer se apresuró a salir del cuarto.
Lucian se encogió de hombros.
—Asegúrate de que no se haga daño a sí misma.
—¿No debería intentar darle algo de sangre, o algo?—preguntó Bricker, con la preocupación reflejada en su rostro. Era obvio que estaba desesperado por hacer algo.
—Puedes intentarlo, pero probablemente se ahogará y vomitará sobre la alfombra.
—¿Qué?—preguntó Bricker, asombrado—. Bien. ¿Cómo demonios pasaban antes las personas por esto, sin intravenosas?
Lucian gruñó.
—Sufrían hasta que sus dientes culminaran el cambio, luego le permitíamos alimentarse con mucho cuidado.
—¿Cuánto tiempo le tomará a sus dientes cambiar?—preguntó Bricker.
Lucian sacudió su cabeza cansinamente.
—Es diferente con cada persona, Bricker. Eso depende de su tamaño, edad, cuánta sangre consiga, cómo de rápido es su metabolismo natural…
El hombre parecía tan desesperado que Lucian avanzó hacia él para darle una palmadita tranquilizadora. Al instante, regresó a su cuarto.
—Me echaré a tomar una siesta. Despiértame si llama alguien.
Lucian se despertó renuentemente un rato más tarde, enojado cuando fue consciente de estar siendo asaltado por una cacofonía de sonidos.
Ahora Leigh evidentemente se encontraba bien entrada en el cambio. Estaba chillando, fuerte e histérica. El sonido era desesperado, repetitivo, y casi ahogaba el martilleo de alguien en la puerta.
Gruñendo, Lucian se giró de lado, golpeando su almohada y cerrando los ojos con determinación, pero cuando el hombre se sumó a los gritos y golpes, maldijo y
salió de la cama.
Irritado por el hecho de que haber dormido poco estaba consiguiendo perturbarlo, Lucian se encaminó hacia la puerta de la sala y la abrió de un tirón. Luego simplemente se quedo allí de pie, enojado. Leigh no estaba en el sofá donde los hombres la habían dejado. Ahora estaba sobre el suelo de la vacía habitación, golpeando, pateando, y retorciéndose. Pero fue Bricker quien había sorprendido a Lucian. A primera vista se podía pensar que él estaba atacando a la muchacha.
El enorme y oscuro vampiro estaba recostado de lado sobre su torso, una mano intentando sostener ambos brazos, la otra tratando de agarrar los tobillos, y moviéndose y sacudiéndose alrededor del ondulante cuerpo de ella.
—¿Qué demonios estás haciendo?—preguntó Lucian finalmente, teniendo que gritar sobre los chillidos de Leigh.
—¡Tratando de evitar que se lastime a sí misma!—le gritó Bricker, agarrando la mano que comenzaba a golpear todo en su camino: el suelo, el sofá, al mismo Bricker.
—Bien. Hay alguien en la puerta. ¿No escuchaste a nadie llamando?—contestó Lucian con exasperación.
Bricker giró sobre su hombro para mirar.
—Sí. Pero estoy un poco ocupado aquí.
—Por Dios, ¡Bricker! Tú eres más fuerte que la mujer. Frénala—le dijo impacientemente.
—No quiero herirla tratando de evitar que se lastime ella misma—el hombre arqueó la espalda.
Los golpes en la puerta empezaban a escucharse más altos, y los gritos ahora sonaban como si hubiera más de una voz. Suspirando, Lucian se movió hacia ella.
—Atenderé la maldita puerta, entonces.
—Vaya, muchas gracias—Bricker sonó menos que agradecido.
Lucian abrió la puerta para encontrarse a tres personas: un diminuto hombre en traje, quien obviamente era el gerente, y dos hombres fornidos con uniformes de seguridad. Obligó a todos a entrar en la sala, luego cerró la puerta de golpe para acallar los gritos. Esto no funcionó muy bien, los ruidos fueron amortiguados pero continuaron siendo aún audibles.
—Hemos tenido algunas quejas sobre el ruido—comenzó el gerente, su voz temblando por el ultraje, y luego toda la pretensión de educación se quebró—.
¿Qué demonios está pasando aquí, señor Argeneau?
Lucian ni se molestó en tratar de explicarse. Era imposible hacerlo de todos modos. Al instante, se deslizó dentro de la mente del gerente y tomó el control, borrándole los pensamientos. Luego dirigió su atención hacia cada uno de los guardias de seguridad. Cuando los hombres ya se dirigían hacia el ascensor, todo el incidente había sido borrado de su memoria. Lucian los observó entrar al elevador y se volvió para abrir la puerta de la habitación para encontrarla cerrada. No había pensando en llevar la llave con él. Tocó, pero sabía que su esfuerzo sería inútil. No había forma de que Bricker lo escuchara con la conmoción que había adentro.
Se desplomó contra la puerta, abandonando toda esperanza de conseguir entrar inmediatamente.
Lucian estaba dormido frente a la puerta de la habitación cuando fue sacudido por el hombro. Parpadeando, abrió los ojos y levantó su cabeza. Se incorporó rápidamente cuando vio a Mortimer de pie ante él, esperando con una gran nevera portátil.
—¿Qué estás haciendo aquí?—Mortimer se la entregó para sacar su propia llave y deslizarla en la cerradura. La luz se tornó verde y se abrió la puerta.
Lucian sacudió su cabeza y entró. Estaba demasiado cansado como para molestarse en dar explicaciones. Mientras Mortimer se apresuraba a ayudar a Bricker a refrenar a la mujer, Lucian colocaba la nevera portátil sobre la mesa de café, que había sido sacada del cuarto, probablemente para prevenir que Leigh se golpeara la cabeza con ella.
Lo primero que buscó Lucian fueron las drogas. Al ver las jeringas y las ampollas, las tomó, seleccionando la que muy probablemente podría silenciar esperanzadoramente a la mujer, e insertó la aguja. Introdujo el líquido dentro de la jeringuilla mientras se acercaba a donde ahora ambos hombres luchaban con Leigh, y se arrodilló para mover de un tirón la manga de su blusa sobre su brazo. Sosteniéndolo firmemente con una mano, utilizó la otra para inyectarla. Se quedó en silencio incluso casi antes de que él le quitara la aguja del brazo.
Gruñendo con satisfacción, Lucian se encaminó nuevamente hacia la mesa de café. Preparó otra jeringuilla, luego alcanzó la nevera para obtener una bolsa de sangre. Pinchándola con sus dientes, acomodándose en uno de los mullidos sillones, dejó caer su cabeza con cansancio y cerró sus ojos.
Lucian se mantuvo así, ignorando los murmullos de Mortimer y Bricker,
hasta que la bolsa estuvo vacía. Luego levantó la cabeza y abrió sus ojos cuando cogió la bolsa de sangre de su boca.
Los dos hombres habían devuelto a Leigh al sofá, por lo visto. La habían puesto sobre almohadas y sábanas, colocándole una intravenosa de sangre que corría por su brazo, y ahora ambos estaban quejándose sobre ella. Bricker le pasaba un paño húmedo y lo usaba para limpiar el sudor de su cuello, manos y antebrazos, mientras Mortimer colocaba otro sobre su frente, dejándolo allí por un minuto, luego cogiéndolo, sumergiéndolo en agua, escurriéndolo, y colocándolo de nuevo sobre su frente.
Lucian los miró boquiabierto. Nunca había visto nada parecido. Ellos eran dos duros y despiadados cazadores. ¿Qué les había ocurrido?
El teléfono de la mesa a su lado sonó y lo cogió. El alivio lo atravesó cuando escuchó la voz de Bastien.
—Tienes suerte—le anunció su sobrino—. Uno de los directores estaba previsto que viajara de Lincoln, Nebraska, a California hoy, pero dejará el negocio para otro día, y por lo tanto no necesita el avión. Así que te recogerá en Kansas.
—Hmm—murmuró Lucian—. ¿A qué hora llegará aquí?
—Si sales ahora para el aeropuerto, apenas podrías conseguir llegar antes que él.
Lucian se sentó abruptamente.
—¿Tan rápido?
—Está ahora en camino, y Lincoln esta más cerca que Toronto—señaló Bastien.
—Si, pero, tengo que...
—He pedido una limusina para ti—interrumpió Bastien suavemente—. Debería estar allí en cualquier momento, me ocuparé de que la compañía de alquiler recoja el coche del estacionamiento del hotel.
Lucian abrió la boca para decirle que aún lo necesitaba. No había tenido intención de subir al avión. Pensaba llevar a Leigh con él, hacer que Thomas la recogiera y se la llevara a Marguerite, su cuñada, para que cuidara de ella. Sin embargo, cambió de idea y dejó pasar la orden. No necesitaba dos vehículos. Podía viajar en la camioneta con Mortimer y Bricker.
Habían terminado con un coche y una camioneta porque los muchachos habían venido en avión un día antes que él. Como estaban ocupados recopilando información sobre Morgan, él había alquilado un coche en vez de tomar un taxi
hasta el hotel. Lucian odiaba los taxis. Por lo que a él respectaba, todos los conductores de taxis conducían como si desearan la muerte… y hablaban demasiado.
¿Cómo podía reclamarles que se concentrara en el tráfico, los semáforos, y peatones cuando su boca no dejaba de moverse constantemente?
—¿Necesitas algo más?— preguntó Bastien.
—No—dijo Lucian bruscamente—. Eso está bien.
—Bien, entonces será mejor que comiences a moverte.
Lucian creyó oír a Bastien diciéndole adiós, pero no estaba seguro. Él ya estaba bajando el teléfono.
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