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 Capitulo 1

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Jade_Lorien
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MensajeTema: Capitulo 1   Lun Oct 18, 2010 7:35 pm

Capítulo 1

Leigh estaba tan solo a unos ciento cincuenta metros de su casa cuando escuchó unos pasos que hacían eco con los suyos. Al principio no pensó nada sobre ello. Estaba en Kansas. Nunca ocurría nada allí, especialmente no a las cinco de la mañana. Hasta Dorothy y Toto tuvieron que ser recogidos por un tornado y llevados a otro lugar para que una aventura se cruzara en su camino.
Por supuesto, esto era Kansas City, no un pequeño pueblo en algún lugar remoto. Había crimen en la ciudad. También eran las cinco de la mañana y era una mujer que caminaba sola por una calle oscura que —si bien se encontraba en una zona residencial de viejas casas familiares— estaba también a solo unos doscientos metros del punto principal del centro de la ciudad donde personas sin hogar y drogatas acostumbraban a concentrarse.
Un escalofrío de inquietud se deslizó por la espina dorsal de Leigh cuando tomó conciencia de que las pisadas detrás de ella habían tomado velocidad y se estaban acercando. Había recorrido esta ruta cientos de veces los pasados cinco años y jamás se había sentido amenazada… Y no le gustaba sentirse así ahora. Diciéndose que debía calmarse, trató de recordar lo que había aprendido en la clase de defensa personal, pero, por supuesto, ahora que lo necesitaba, su cerebro estaba bloqueado al respecto.
¿Acaso no era lo que pasaba siempre?
Sintió que sus músculos comenzaban a tensarse cuando las pisadas continuaron acercándose cada vez más y temió que, si no hacía algo pronto, podría ser demasiado tarde.
Ese pensamiento la animó a la acción. Cambiando de dirección, Leigh giró hacia el bordillo para cruzar la calle, lanzando una mirada indiferente hacia atrás mientras lo hacía, como si verificara el tráfico. Lo que vio no la tranquilizó. La persona que se acercaba era un hombre; alto, esbelto y vestido con ropa oscura. No podía ver su cara, sin embargo; estaba en sombras, gracias a la capucha de su chaqueta. Todo lo que había logrado con su rápido vistazo había sido sentirse aún más incómoda, más tensa. Más asustada.
Actuando como si no se hubiera sentido nerviosa por su presencia, Leigh empezó a considerar y descartar las posibilidades sobre qué es lo que debía hacer ahora al otro lado de la calle. Una mirada alrededor de la oscura calle residencial le dijo que estaba sola, no había ningún automóvil o peatón a la vista. Ninguna ayuda.
Debería haber tomado un taxi a casa, reconoció, pero nunca antes había tenido ningún problema, ¿por qué debería haber pensado que esta mañana
sería diferente? Además, era demasiado tarde para excusas, no iban a atraparla en este lugar.
Leigh sintió que su corazón se encogía cuando los pasos la siguieron al otro lado de la calle. Ahora su mirada era desapacible mientras exploraba las casas que pasaba, buscando cualquier señal de vida, tratando de deducir a cuál debería acercarse en busca de ayuda. Esta era una silenciosa calle residencial, las casas estaban a oscuras, la gente en ellas debió irse a dormir hace mucho y todavía no se habían levantado. Parecía ser la única persona en esta área que trabajaba tarde y todavía permanecía de pie.
Coco’s, el bar y restaurante que poseía, cerraba a las tres de la madrugada, era la hora en que cerraba la barra, el área del restaurante cerraba mucho más temprano. Leigh regentaba la barra por la noche. En cuanto el último cliente salía y el equipo de limpieza terminaba su trabajo, ella se retiraba a su oficina a hacer el papeleo; llenando los programas de trabajo, verificando horarios, escribiendo las órdenes, verificando los recibos del día, etcétera. Generalmente terminaba al mismo tiempo que el servicio de limpieza. Por lo demás, esperaba a que ellos terminaran y salieran para cerrar y dirigirse a casa… Siempre entre las 5: 00 y las 5: 30 A.M., ese momento oscuro antes del amanecer en que la mayoría de los criminales estaban metidos en sus camas.
Justo donde todos en esta calle parecían estar, pensó Leigh, hundiéndose en su angustia. Entonces descubrió un destello de luz en el porche de una de las casas de más adelante. Unos momentos después la puerta principal se abrió y salió una señora en bata. La mujer no la vio acercarse, su atención estaba puesta en el pastor alemán que salió con ella para dirigirse ansiosamente al césped.
—Despertarme antes del amanecer —el murmullo enojado de la mujer se oía claramente en el silencio de las cercanías—. Deberías haber ido cuando te saqué para tu paseo.
El corazón de Leigh se disipó. Un puerto seguro en la tormenta. Podía pedir la protección de la mujer y llamar a la policía, o tal vez sólo un taxi. Seguramente la presencia del perro desanimaría al hombre que la seguía de molestarla.
Se apresuró y abrió su boca para llamar, pero no llegó a hacerlo. Nunca escuchó al hombre detrás de ella tomar velocidad, nunca se dio cuenta de que se había adelantado. Repentinamente estaba ahí ante ella, forzándola a hacer un alto repentino.
—Hola, Leigh.
El sonido de su nombre la hizo detenerse confusa, entonces el hombre retiró la capucha de su cabeza, revelando su rostro.
—¿Donny? —dijo con sorpresa, el alivio la recorría.
Donny Avries había trabajado en la barra de Coco’s durante un año. Estaba siempre deseoso por complacer y era un trabajador nato. Milly —la amiga de Leigh, y su administradora durante el día en el restaurante— afirmó que estaba obsesionado con ella y le había rogado con regularidad que durante el turno de noche permaneciera lejos de él, pero Leigh pensaba que era una tontería. Sólo eran buenos amigos. Se había sentido muy disgustada cuando había desaparecido hacía más de una semana.
Generalmente puntual, y a menudo llegando temprano a su turno, Donny simplemente no se había presentado el lunes por la noche. Leigh había tratado de llamar a su apartamento, pero no había obtenido respuesta. Cuando no había aparecido la noche siguiente, había llamado otra vez, entonces se había preocupado aún más y había llamado a su casera para averiguar si estaba bien.
La mujer informó que aunque todo parecía bien en su apartamento, su gato estaba obviamente hambriento y la caja de desperdicios estaba a rebosar, sugiriendo que no había estado en casa durante un tiempo. Como no había ninguna señal de que hubiera planeado salir de viaje, había hablado con la gente de los apartamentos vecinos y nadie había visto a Donny desde que había salido el sábado por la noche con algunos amigos. Entonces habían decidido llamar a la policía.
Ahora, una semana después, la policía había estado en el restaurante dos veces, haciendo preguntas y admitiendo que parecía haber desaparecido. Le dijeron que se pusiera en contacto con la comisaria si tenía noticias de él.
—¿Dónde has estado? —preguntó Leigh, la cólera reemplazando la preocupación. Había estado enferma de preocupación por ese hombre, y aquí estaba, de pie, aparentemente sano y salvo.
Donny vaciló, entonces dijo de manera sencilla:
—Ya verás.
Leigh parpadeó ante su respuesta, no encontrándola aceptable después de toda su inquietud. Y francamente, las palabras —tanto como la rara sonrisa superficial— parecían deslizarse fuera de él. También había algo extraño en sus ojos.
—No. No veré —dijo firmemente.
Su miedo se había tornado en cólera ahora, y no estaba de humor para escuchar lo que tuviera que decir. Dando la vuelta sobre sus talones continuó en la dirección a la que se dirigía.
—Puedes explicarte mañana cuando vengas a recoger tu indemnización por despido.
Había dado solamente algunos pasos antes de que, inexplicablemente, se detuviera, su cuerpo completamente blando. Escuchó un suave ruido sordo cuando su monedero se deslizó de sus manos sin vida y cayó en el borde cubierto de hierba a lo largo de la acera, luego se encontró dando la vuelta despacio. Donny ya no estaba; otro hombre estaba de pie a su lado. Era alto y desgarbado, con pelo largo, pajizo, que colgaba en tiras grasientas alrededor de una pálida y delgada cara. También tenía unos ojos de un color marrón amarillentos que parecían refulgir.
Si su falta repentina de control sobre su propio cuerpo no hubiera sido suficiente para asustarla, la visión de los ojos muertos de este hombre era suficiente para que su sangre se helara.
—Hola, Leigh. Donny me ha hablado mucho ti.
Sonrió, y ella vio que sus caninos se deslizaban hacia abajo y hacia adelante para moldear dos colmillos afilados.
Alguna parte de su mente se apagó ante la visión, diciéndose que no era real, que no estaba lista para aceptarlo como real y que era mejor que se fuera a dormir ahora mismo. Pero se echó hacia atrás cuando el hombre se arrojó abruptamente hacia ella, envolviéndola en la oscuridad que parecía rodearlo. Sintió un pellizco sobre su garganta, luego la excitación y el placer se precipitaron en ella como una droga.
—Ah —se quejó Donny desde algún sitio más allá del hombro que obstruía su vista—. Quería ser el que la mordiera.
Leigh parpadeó ante el sonido reverberante de su voz, incluso mientras el placer la invadía se tambaleó y el hombre ante ella farfulló algo contra su garganta.
—¿Qué? —preguntó Donny. Se movió hacia la vista mientras daba un golpecito en el hombro del hombre—. ¿Qué dijiste?
El hombre, susurrando otra vez, dijo algo que sonó como:
—¡Uh!
Entonces levantó la cabeza con impaciencia y miró furioso por encima de su hombro a Donny.
—¡Cállate! —siseó y un pensamiento se filtró en la mente de Leigh, Ohhh, había dicho eso.
—Soy el amo vampiro —espetó—. Soy el único que engendra nuevos hijos de la noche.
Los ojos de Leigh se abrieron ante sus palabras. ¿Vampiros?
Supuso que era difícil no aceptar eso cuando los colmillos del tipo estaban destellando con cada palabra y había sangre sobre sus puntas. La suya, presumió. Podía sentir el tibio líquido bajar corriendo por su garganta y mojar la parte delantera de su blusa blanca. Manaba desde el lugar donde la había mordido y sospechaba que era sangre, entonces… ¿Un vampiro? Está bien. ¿Pero “Hijo de la noche”? Eso parecía sacado de una mala película de terror.
Allí fue cuando se dio cuenta de que podría haberse vuelto loca. Tener tales ideas en mitad de esta situación no parecía demasiado próspero. Desafortunadamente, se dio cuenta de que no sólo era su cuerpo lo que no podía controlar. Su mente se sentía mareada, como si le hubieran dado un tranquilizante. Sus pensamientos eran sobre sí misma, pero no parecía sentir demasiada preocupación sobre lo que estaba ocurriendo. Mientras su mente no cesaba de gritarle que huyera de allí, no parecía ser capaz de manifestar el miedo o siquiera la energía para gritar.
—Eso es porque estás bajo mi control —anunció el hombre que la sujetaba, como si leyera sus pensamientos y Leigh supuso que lo había hecho. ¿No se suponía que los vampiros podían controlar las mentes de sus víctimas? Por supuesto, también se suponía que eran seres irresistiblemente atractivos y halagadores. Desafortunadamente, Donny era sólo un tipo pelirrojo y pecoso, común y corriente y el «Sr. Yo soy el Amo Vampiro» no era particularmente apuesto… O carismático o, nada por el estilo. Realmente, era todo algo decepcionante cuando pensaba en ello.
Un gruñido bajo hizo que centrara su atención en el «Sr. Maestro Vampiro» y notó con un poco de preocupación que parecía un poco enfadado.
—Cambiarás tu forma de pensar —gruñó mirándola fijamente a los ojos—. Me querrás de manera incontrolable, me desearás más que nada en este mundo, me obedecerás sin dudar.
Fue en el obedecer donde la perdió. A Leigh no le agradaba la palabra. Había sido la orden favorita de su ex—marido… Generalmente justo antes de tratar de usar sus puños para convencerla. Fue la principal razón que lo hizo su ex.
—Oye, Morgan —protestó Donny, su voz otra vez reverberante—. ¿Qué estás haciendo? Se supone que la estás convirtiendo para mí.
—Cállate, Donald —masculló Morgan. Sus ojos se fijaron sobre Leigh y
ella sospechaba que estaba empezando a darse cuenta de que no estaba totalmente bajo su control. Supo con seguridad que tenía razón cuando preguntó—: ¿Cómo puedes estar pensando? No deberías estar pensando, pero puedo escuchar tus pensamientos.
Leigh tampoco tenía idea de por qué. Si hubiera sido capaz de hacerlo, se habría encogido de hombros en respuesta. Desafortunadamente mientras que su mente le pertenecía, su cuerpo no lo hacía.
Un gruñido distrajo a Morgan y echó un vistazo a su lado. Leigh todavía no podía mover la cabeza, pero sus ojos se movieron hacia un lado y tuvo una visión confusa de un perro. Lo reconoció inmediatamente como el pastor alemán a quien había visto salir de la casa calle arriba. Por un momento pensó que el animal aún podría salvarla, pero entonces Morgan encendió sus colmillos en una suerte de medio silbido, medio gruñido y el perro se apartó, la cabeza baja, enseñando los dientes, excepto que su propio gruñido perdía un poco de su fuerza.
—Morgan —empezó a decir Donny nerviosamente, echando el ojo al pastor alemán, que todavía estaba lo suficientemente cerca como para preocuparse.
—¡Oh! Cállate, Donald —dijo el amo vampiro con exasperación. Entonces, para su sorpresa, se adelantó para tomarla en sus brazos y empezó a retroceder hacia el otro lado de la calle.
Donny lo siguió. Mascullaba entre dientes por lo bajo con resentimiento, notó Leigh, echando un vistazo por encima del hombro del hombre que la llevaba. Entonces su vista fue obstaculizada cuando Morgan la llevó alrededor de la parte posterior de una furgoneta negra. Antes había pasado al lado de esa furgoneta y ahora sospechaba que era de donde Morgan había salido. Estaba segura de que había sido sólo una persona quien la había perseguido calle arriba. Donny. Morgan había estado esperando en la furgoneta, supuso, y si no hubiera cruzado la calle, la puerta lateral de la furgoneta se habría abierto en el momento que hubiera pasado y probablemente habría sido arrastrada dentro.
Leigh sospechaba que les había forzado a cambiar los planes cuando había cruzado la calle.
—Eres una chica lista —dijo Morgan cuando se acomodó en la parte trasera de la camioneta—. Eso es exactamente lo que pasó.
Él obviamente había leído su mente de nuevo, Leigh lo comprendió cuando subió detrás de ella. Donny cerró las puertas cuando pasaron, y un momento después escuchó la puerta del conductor abrirse. La camioneta se movió un poco cuando éste se acomodó en el asiento del conductor.
—No sé por qué aún tienes el control de algunas de tus habilidades, pero me intriga, —anunció Morgan, colocándola sobre su regazo para que así ella se recostara sobre su brazo derecho mientras el motor de la camioneta rugía.
Yuju, pensó ella secamente. Había impresionado a un vampiro chupa sangre.
Morgan parecía divertido por sus pensamientos. Al menos, una sonrisa curvaba sus labios, pero su voz fue muy seria cuando le comunicó:
—Y tú también serás un vampiro chupa sangre. ¿Te gustaré más entonces? ¿Cuando sea tu señor?
Leigh estaba tratando de decidir si él se refería al mordisco que le dio o si iba a tener que morderla dos veces más; como en los libros y películas, cuando él abruptamente levantó su muñeca izquierda y abrió su vena con uno de sus colmillos.
Oh, eso es totalmente desagradable, pensó ella.
—Sí —Morgan asintió como si ella hubiera hablado en voz alta—. Y duele como una mierda, créeme. Sin embargo, es necesario.
Leigh aún estaba tratando de resolver el porqué podría ser necesario cuando repentinamente abrió su boca y presionó la sangrante muñeca en sus labios. El pequeño líquido se vertió sobre sus dientes y lengua. Se vio obligada a tragar o ahogarse con ello. Tragó.
La hierba y ramas secas crujían bajo el peso de Lucian Argeneau mientras éste se acercaba a la furgoneta estacionada entre los árboles al borde de la propiedad. Dos hombres se detuvieron ante las puertas cerradas, eligiendo y verificando las armas bajo la tenue luz. Como él, vestían todo de negro y medían sobre el metro ochenta de estatura. Ambos eran musculosos y tenían el cabello corto, pero uno era moreno y el otro rubio.
—¿Estamos? —preguntó él, deslizando una mano a través de su corto cabello rubio.
—Estamos —dijo calmadamente Bricker, el moreno, cuando se apoyó en la camioneta para coger unos bidones de gasolina—. ¿Cómo quieres hacer esto?
Lucian se encogió de hombros, incapaz de encontrar el verdadero entusiasmo en la tarea que tenía por delante. Había hecho esto tantas veces en los últimos años que éste era para él un pequeño desafío. Encontraba más interesante encontrar los nidos que limpiarlos, pero incluso esto era menos complicado de lo que solía ser.
No ayudaba que fuera Morgan al que ellos perseguían. Él había sido el mejor amigo del hermano gemelo de Lucian, Jean Claude, bueno hasta la muerte de éste hace años.
Los dos hombres habían sido amigos durante siglos, y debido a eso, Lucian había contando también a Morgan como amigo. Tanto fue así que cuando comenzaron a sonar los primeros rumores de que Morgan se había convertido en un ser dañino. Lucian los ignoró, seguro de que no podrían ser verdad. Sin embargo los rumores habían persistido, teniendo que investigar sobre el caso, aunque no entusiasmadamente. Ahora, aquí de pie, los rumores eran confirmados y Morgan estaba sentenciado a muerte.
—Está amaneciendo —murmuró Mortimer, y luego repitió la pregunta de Bricker—. ¿Cómo quieres hacer esto?
Lucian parpadeó alejando sus pensamientos y tomó los primeros rayos de sol que se arrastraban maniobrándose lejos de la noche. Éste era el mejor momento para golpear. Cada uno volvería al nido para conseguir dormir lejos del día.
Porque —por supuesto— los vampiros no caminan durante el día, pensó fríamente mientras deslizaba su mirada sobre los árboles de alrededor, luego finalmente miró a la decrépita casa donde Morgan vivía junto al grupo de granujas que había creado. Parecía malo con esta luz, pero era peor —él lo sabía— a la luz del día, cuando el sol bajara cruelmente descamando la pintura, sobre el borde de las ventanas, y la enmarañada maleza.
Cómo los granujas elegían vivir nunca le sorprendía. Eso era si —una vez que la mente era atrapada y ellos decidían venir sobre el azote de la tierra— lo consideraban normal, en casas civilizadas más allá. O tal vez simplemente vivían bajo lo que los mortales pensaban que eran ellos, esperanzados en atraerlos y mantener en el camino su grupo de afilados miembros. Después de todo, si los mortales supieran la poca magia que verdaderamente tenían los inmortales, encontrarían menos atractivo ser uno, o al menos ser uno de sus sirvientes.
Sacudiendo esos cínicos pensamientos, Lucian miró hacia los otros dos hombres y finalmente dio una respuesta:
—Lo mismo de siempre.
Asintiendo, Mortimer cerró las puertas de la camioneta, cogió el bidón más grande de gasolina de Bricker, y los tres se movieron hacia el borde del bosque. Deteniéndose, deslizó su mirada nuevamente sobre las ventanas. Allí no había signos de movimiento en la casa, pero la mayoría de las ventanas estaban tapadas hasta arriba así que no significaba mucho.
—¿Les damos un par de minutos para tomar posiciones, o…? —la pregunta de Mortimer murió, y todos miraron alrededor cuando el sonido de un vehículo perturbó el silencio. Observaron en silencio la camioneta negra cuando entró girando y crujió sobre la grava.
—Mmm —dijo Lucian, con su primera chispa de interés. Esto era diferente. Usualmente los «vampiros» ya estarían dentro de la casa, si no estaban ya en su ataúd preferido.
Se movieron un poco hacia los árboles para ser menos visibles. Mientras observaban, la camioneta se estacionaba cerca de la casa, luego el conductor se bajó y abrió las puertas traseras.
Lucian se quedó quieto cuando Morgan barrió el área saliendo de la camioneta, con una morena en sus brazos. Vestida con una falda corta negra y una blusa blanca manchada con sangre, sus ojos se dispararon hacia la casa, el patio y el bosque buscando una vía de escape, pero por la forma en que ella se sujetaba a los brazos de Morgan le decía que el granuja inmortal tenía controlado su cuerpo. Allí no había escape.
—Ésa es Leigh —murmuró Mortimer con el ceño fruncido.
—Ella trabaja en la barra de Coco´s. El restaurante en el que hemos comido toda la semana —explicó Bricker, y Lucian gruñó. Justin Bricker era lo suficientemente joven como para comer aún, y Garrett Mortimer se adelantaba para mantener la compañía y en ocasiones para recoger comida.
Lucian no se molestaba por la comida, pero esta semana había oído sobre la «hermosa pequeña cosa» que había servido las últimas comidas en el bar. Ambos parecían enganchados por su encanto y sentido del humor, él supuso que Leigh era la «hermosa pequeña cosa» en cuestión. Ciertamente, ninguno parecía contento de verla ser llevada hacia el porche, obviamente tampoco sobre convertirse en la última víctima de Morgan.
—Tenemos que ayudarla —dijo Bricker.
Mortimer asintió en total aprobación.
—Sí.
—Ella puede estar de acuerdo —señaló Lucian, aunque había algo en sus ojos que sugería que no era así.
Ambos hombres estaban en silencio, sus miradas fijas en la mujer que Morgan estaba llevando a la casa.
—No. Ella no lo está —dijo Mortimer con certeza cuando la puerta se
cerró detrás del trío. Sonaba triste y enojado. Mortimer raramente se enojaba.
Bricker estuvo de acuerdo.
—No, no lo está.
Encogiéndose de hombros, Lucian retornó su mirada hacia la casa.
—Le daremos unos diez minutos para que se acomode para pasar el día.
—Pero cuanto más esperemos, peor podría ser para Leigh —protestó Bricker.
—Él ya la mordió y le ha dado de su propia sangre —señaló Mortimer, obviamente obtuvo la información por haber leído los pensamientos de ella—. No hay mucho más que él pueda hacer por ella antes de que finalice el cambio.
Bricker frunció el ceño y miró a Lucian.
—La sacaremos de aquí, ¿verdad? —cuando Lucian dudó, él argumentó—: Ella no ha mordido a nadie todavía, y no quiere estar aquí. Leigh es una buena mujer.
—Ya veremos —dijo Lucian finalmente.
Comprendiendo que era todo lo que conseguiría por ahora, Bricker se quedó en silencio, pero parecía preocupado.
Lucian lo ignoró y procedió a revisar el equipo. Le dio un vistazo a su ballesta, luego contó las flechas sobre todo las que estaban atadas a la correa de su pierna. Satisfecho con que todo estuviera en orden, tomó su arma del bolsillo, verificando que el cargador estuviera completamente lleno y el seguro puesto antes de devolverla allí.
Lucian miró hacia la casa, impaciente por saber cómo iban las cosas. Luego se forzó a sí mismo a esperar por completo los diez minutos, pero en el momento en que su reloj indicó que el tiempo había pasado, su mano apretó su ballesta y comenzó avanzar sin una palabra.
Mortimer y Bricker cayeron a su lado cuando emergieron de los árboles y se acercaron a la dilapidada casa. Subieron al porche del frente tan silenciosamente como fue posible.
—Descuidado —murmuró Mortimer cuando Lucian giró la cerradura de la puerta y la abrió. El tipo pelirrojo no se había molestado en cerrarla. Lucian no estaba sorprendido. Si era un recién convertido, el hombre podría verse a sí mismo como invencible, y ninguno de los seguidores de Morgan debía tener más de un mes. Ése fue el tiempo en que los primeros rumores de Morgan
comenzaron a oírse.
Los tres hombres entraron fácilmente en la casa, sus ojos alerta, sus oídos filtrando cualquier sonido. Como esperaba, el piso superior parecía desierto. Después de colocar los bidones de gasolina en la cocina, se separaron para hacer una profunda y silenciosa búsqueda en los dos pisos de arriba, sólo para estar seguros. Una vez acabaron, se reagruparon en la cocina y se acercaron a la puerta del sótano.
Lucian era meticuloso por naturaleza, y había entrenado a todo aquél que trabajara para él de igual forma. Siempre buscaban toda la información del nido antes de acercarse a él. Conocer la división de la casa era más fácil, y esta vez consiguieron localizar a la hija del dueño anterior. La mujer había vendido la casa cuando su madre murió, pero había crecido allí y la conocía bien. De ella, habían aprendido todo lo que pudieron e incluso obtuvieron un burdo plano de la distribución del lugar antes de borrarle la memoria de su visita.
Ahora, Mortimer y Bricker se movían hacia el lado izquierdo de la puerta mientras Lucian se movía hacia el lado derecho. Una vez situado, asintió hacia los dos hombres, levantando su ballesta y tomó el picaporte de la puerta con su mano derecha. Éste se detuvo a un centímetro cuando el picaporte comenzó a girar por cuenta propia.
Lucian retiró su mano y esperó. La puerta abrió medio camino antes de que la morena de nombre Leigh se deslizara cautelosamente en la cocina.
Mientras Lucian miraba asombrado, su cabeza se giró lentamente y parpadeó al verlo. Vio el miedo brillar en sus ojos, y se movió rápidamente, colocando una mano sobre su boca y alejándola silenciosamente de la puerta de modo que su espalda quedó presionada duramente contra su pecho.
Su cuerpo se tensó brevemente, como si se preparara para luchar, luego se quedó quieta abruptamente. Cuando Lucian bajó su mirada, vio que los ojos de ella estaban sobre Mortimer y Bricker al otro lado de la puerta. Ambos hombres le brindaban lo que se suponía eran alentadoras sonrisas. Para él, solo le parecían un par de idiotas, pero eso aparentemente funcionaba para Leigh. Mientras observaba, Bricker colocó un dedo en su boca para advertirle que se mantuviera callada, mientras Mortimer la miraba concentrado en la sugestión de enviarle un pensamiento tranquilizador y quizás también al mismo tiempo, una silenciosa advertencia. La mujer se relajó contra Lucian, y se encontró respondiendo a su cuerpo, su espalda recostada involuntariamente sobre su ingle.
—Me quedé dormido, Donald. No me gusta ser despertado para esto.
Lucian se quedó quieto cuando la voz flotó sobre las escaleras, consciente
de que Leigh se había quedado quieta. En realidad estaba conteniendo el aliento, comprendió, y se encontró con que no le gustaba que estuviera tan asustada.
—Lo siento, señor —respondió alguien —presumiblemente Donald—, pero la verdad es que sonaba más resentido que defensivo—. Pero busqué en el sótano y ella…
—Porque ella no se oculta en el sótano. ¡Ella va a escapar, idiota! —respondió bruscamente la voz enojada de Morgan.
—¿Pero por qué? ¿Por qué no está dispuesta? —la voz de Donald se tornó frustrada e incluso quejumbrosa.
—No todos quieren ser hijos de la noche. Te lo advertí. Te lo dije, no puedes darle la espalda ni por un momento hasta que tengamos el control. ¡Ni por un maldito momento! ¡Te lo dije! Ella no está dispuesta al cambio. Hasta que me acepte como su señor, ella intentará huir.
—La dejé sola un minuto. Yo...
—No debiste dejarla del todo sola. Tráela y...
—¿Pero y si está fuera? ¡El sol está saliendo!
—La querías. Ella...
Las breves palabras se detuvieron y Lucian sintió que se endurecía aún más. Las voces se escuchaban más cerca a cada momento que pasaba, y por deducción supo ahora que los oradores se encontraban al fondo de los escalones. El repentino silencio parecía sugerir que algo les había alertado de su presencia.
Lucian miró hacia Mortimer y Bricker, pero estaba seguro de que ninguno podía ver abajo. Luego dejó caer su mirada sobre la mujer ante él, y captó inmediatamente el problema. Lucian no había arrastrado a Leigh lo suficiente lejos. Ella era pequeña, el tope de su cabeza apenas le rozaba la base de su garganta, pero era generosamente proporcionada y la parte más generosa resaltaba más allá del borde de su brillante blusa blanca.
—¿Eso es un error? —oyó preguntar a Donald, y Lucian cerró sus ojos.
El silencio que sobrevino fue tan largo, que supo que Morgan estaba tratando de ver la mente de Leigh en busca de información sobre la situación arriba.
Lucian supuso que habría sido esperar demasiado que el hombre asumiera que ella era sólo una camarera lo demasiado estúpida como para salir
de la casa y que estaba aquí de pie contemplando su ombligo. No. Morgan sospechaba que algo pasaba arriba.
Sabiendo que su acercamiento sorpresa estaba ahora acabado, Lucian cambió de lugar a Leigh para poder inclinarse hacia adelante y ver alrededor del perímetro de la puerta.
Por otro lado, Mortimer hizo lo mismo, y encontraron a dos hombres congelados al fondo de la escalera. Entonces todo el infierno se desató.
Morgan y Donald repentinamente giraron y se apresuraron hacia la oscuridad de la sala, rompiendo en una carrera por deslizarse fuera de su vista. Bricker y Mortimer cargaron detrás de ellos, y Lucian tomó a Leigh alejándola de la puerta y la sentó en una de las sillas en la mesa de la cocina.
—Quédate —él dudó, deslizando su mirada sobre su rostro cuando consiguió la primera mirada de ella. Era una hermosa mujer, su brillante cabello castaño rizado, ojos almendrados, nariz recta, pómulos altos y rostro ovalado. Estaba terriblemente pálida y meciéndose en la silla, se preguntó cuánta sangre habría perdido.
Él habría preguntado, pero una explosión de fuego le recordó otros asuntos más importantes. Dejándola allí, Lucian se alejó apresurándose por bajar las escaleras en ayuda de sus compañeros.
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